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Cuando la filantropía comunitaria se encuentra con el género y la política: historias de América Latina.

September 19, 2019

 

 

Andrés Thompson y Florencia Roitstein

 

Inspirados por el enorme compromiso y liderazgo de las mujeres en el mundo de la filantropía en los países del norte, cinco años atrás, comenzamos un programa de acción e investigación – ELLAS – Mujeres y Filantropía  con el objetivo de promover la participación de las mujeres en la filantropía en América Latina.

 

Después de un trabajo de investigación profundo, nos dimos cuenta que lo que sucedía en el norte no tenía mucho que ver con lo que pasaba en el sur. Las mujeres en lo alto de la pirámide social en nuestra región no estaban haciéndose más ricas, ni tampoco estaban convirtiéndose en las nuevas filántropas, ni siquiera estaban creando fundaciones ni organizaciones con fines sociales. Sin embargo, no había duda que había otras mujeres, la inmensa mayoría, que estaban teniendo un rol clave en expandir y fortalecer la democracia día a día, defendiendo los derechos humanos en general y los de las mujeres en particular, protegiendo el medio ambiente y haciendo un esfuerzo permanente para mantener la paz y la justicia social en la región más inequitativa del mundo.

 

Teniendo en cuenta esos resultados, que la filantropía en América latina no está liderada por los que más tienen (más aún, los más ricos están prácticamente ausentes), miramos qué es lo que estaba sucediendo a nivel comunitario. Nuestra hipótesis inicial fue que había “un movimiento invisible” a los ojos de la sociedad en general que estaba sucediendo a nivel de las comunidades y organizaciones de base, mayormente liderado por mujeres y que ellas estaban sosteniendo y expandiendo las débiles democracias latinoamericanas.

 

Con el financiamiento del Global Fund for Community Foundations, lanzamos un premio llamado GENEROSAS con el propósito de captar la atención de esas mujeres, y conocer en detalle sus historias y prácticas comunitarias. Más de 80 mujeres de 17 países fueron nominadas por sus colegas. Con la asistencia de un comité constituido por mujeres latinoamericanas de alta legitimidad y referencia en este área, identificamos tres mujeres ganadoras y 20 otras historias de mujeres que merecían que sus luchas se hagan más visibles. La primera ganadora es Lucinda Mamani Choque, maestra boliviana en una escuela rural en Calería, a la orilla del lago Titicaca y miembra de la comunidad indígena Aymara. Lucinda creó con sus colegas maestras un centro para jóvenes mujeres, e introdujeron el debate sobre violencia de género y discriminación hacia la mujer en sus prácticas como maestras. Adicionalmente, ella lidera con otros actores sociales campañas públicas para la protección del lago Titicaca y de las comunidades que viven de su biodiversidad. La segunda ganadora es Sonnia Estela España Quiñonez de Guayaquil, Ecuador, que lidera la Asociación Afro-ecuatoriana “Mujeres Progresistas”. Ellas crearon una empresa social llamada Africa Mía que tiene un restaurant de comidas tradicionales, talleres de costura africana para mujeres, turismo social y microcréditos para las mujeres de la comunidad. La tercera ganadora es Rosa Vilches Valencia de Chile, que moviliza mujeres en la ciudad de Arica bien al norte de Chile para generar trabajo en el negocio de la construcción y aboga por los derechos de las mujeres.

 

Estas historias son parte de un libro: “La rebelión de lo cotidiano. Mujeres generosas que cambian América Latina

 

¿Qué es lo que estas historias, que provienen de una diversidad de comunidades distribuidas a lo largo y ancho de América Latina nos están contando?

 

Primero, que el solo hecho de mirarlas (a través del proceso de selección y entrevistas individuales) fue muy importante porque fue percibido como un reconocimiento público y regional. Estas mujeres, que en forma colectiva han estado luchando a pesar de tener todo en contra para hacer avanzar sus causas, lo hicieron desde siempre con muy poco apoyo de donantes y de gobiernos. Sus fortalezas, convicciones y poder radican justamente en la variedad de recursos humanos y materiales que son capaces de movilizar. Visibilidad para ellas significa ”no estamos más solas”

 

Segundo, ellas nos muestran que las comunidades no son los lugares donde sólo hay buena gente. En cada comunidad, los buenos, los malos y los peores interactúan todo el tiempo: los dealers de droga, los que trafican mujeres, las estructuras patriarcales, las fuerzas de seguridad corruptas y los políticos sospechosos interactúan, negocian y pelean contra las iniciativas comunitarias que procuran mejorar la calidad de vida de todos, particularmente de las niñas y mujeres. Las tensiones entre la diversidad de actores está presente todo el tiempo.

 

Tercero, estas mujeres son filántropas (mismo si ellas no lo saben) pero no de las con rodete y perlas. Ellas son activistas, militantes, y donan de una variedad de maneras: organizan la comunidad, la juntan, innovan y crean nuevas formas de darle batalla a los problemas más relevantes de sus comunidades, inclusive donando sus propias casas para convertirlas en bibliotecas, escuelas o centros para mujeres golpeadas. Ellas ponen sus vidas en riesgo, que es su mayor activo.

 

Cuarto, ellas están creando una nueva narrativa sobre desarrollo comunitario que va más allá de la idea clásica y necesaria de proveer servicios básicos tales como agua, transporte y electricidad. Ellas también enfrentan problemas como la violencia de género, la herencia cultural, la discriminación de los pueblos originarios, el racismo, y la salud sexual y reproductiva. Ellas también apoyan/abrazan el nuevo paradigma del “Buen vivir.”

 

Quinto, ellas negocian el poder todo el tiempo. Ellas lo confrontan, por ejemplo, cuando cuestionan el sistema judicial y cómo las autoridades policiales tratan a las adolescentes embarazadas, cuando exigen servicios a las autoridades públicas competentes o cuando desafían a los medios de comunicación en como tratan los temas y estigmatizan a los descendientes mestizos y a los barrios negros y a las adolescentes embarazadas. Ellas no le temen más al poder de los grupos de paramilitares que matan gente por ninguna razón en sus territorios o que secuestran a sus hijas o a los dealers de drogas que les roban a sus jóvenes niños. Ellas están continuamente construyendo su propio poder cuando decidieron actuar en forma colectiva en lugar de quedarse pasivas y solas en sus casas. El “shift the power” es permanente.

 

En otras palabras, las historias del libro “La rebelión de lo cotidiano” nos cuentan a todos que cuando la filantropía y la generosidad se despliegan a nivel de base comunitaria y le dan pelea a los temas claves de la gente, eso es esencialmente una pelea política que enfrenta y cuestiona al poder. Más aún, estas mujeres son el ejemplo evidente de una lucha política desigual y demuestran más que ningún otro, porqué la lucha de género importa, por que es fundamental para la paz y el desarrollo sustentable de América latina.

 

 

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